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Cómo cambia el cuerpo las fuentes de energía mientras corre

Al correr, el cuerpo proporciona energía utilizando carbohidratos y grasas como combustibles principales. La elección de la fuente de energía preferida depende de varios factores, entre ellos la intensidad y la duración del esfuerzo, así como el nivel de entrenamiento. Mientras que los carbohidratos ofrecen una fuente de energía rápida pero limitada, las grasas proporcionan un suministro casi inagotable, aunque más lento. Este artículo explica los mecanismos de producción de energía y la influencia de la intensidad y el estado del entrenamiento.

Metabolismo de los carbohidratos: energía rápida a partir del glucógeno y la glucosa

Los carbohidratos juegan un papel central en la producción de energía, especialmente durante esfuerzos intensos. El cuerpo los almacena como glucógeno en los músculos y el hígado. Durante el ejercicio, este glucógeno se convierte en glucosa y se utiliza como combustible.

La glucosa se puede procesar de dos maneras. Durante esfuerzos muy intensos, cuando la demanda de oxígeno es alta, éste se descompone mediante glucólisis anaeróbica. Este proceso genera rápidamente grandes cantidades de ATP ( trifosfato de adenosina, la unidad de energía universal del cuerpo), pero también produce lactato como subproducto, que, si se acumula, puede provocar fatiga muscular.

Sin embargo, a una intensidad media-baja, la energía se produce principalmente a través de la degradación aeróbica de la glucosa. Este proceso tiene lugar en las mitocondrias y es mucho más eficiente, ya que se obtiene mayor cantidad de ATP a partir de una molécula de glucosa que con la glucólisis anaeróbica. Además, no se forma lactato, lo que permite mantener el rendimiento durante más tiempo.

Metabolismo de las grasas: producción de energía lenta pero duradera

Las grasas representan una fuente de energía prácticamente inagotable, pero deben descomponerse mediante un proceso relativamente más complejo y lento. El cuerpo los almacena como triglicéridos en el tejido adiposo, desde donde se convierten en ácidos grasos libres mediante lipólisis cuando es necesario. Estos ácidos grasos ingresan al torrente sanguíneo y son absorbidos por los músculos, donde son metabolizados en las mitocondrias a través de la beta-oxidación.

Debido a que este proceso depende de la disponibilidad adecuada de oxígeno, la quema de grasa funciona particularmente bien a intensidades bajas a moderadas. A medida que aumenta la intensidad, el metabolismo de los ácidos grasos disminuye, porque no puede producir ATP lo suficientemente rápido para satisfacer las crecientes demandas energéticas. En estos casos, el cuerpo depende más de los carbohidratos como combustible.

Diferencias en disponibilidad de energía y velocidad de producción

Una diferencia fundamental entre estos dos procesos es la velocidad y la disponibilidad de energía. Los carbohidratos proporcionan energía rápidamente, pero tienen reservas limitadas. El glucógeno almacenado en los músculos y el hígado es suficiente para soportar sólo unas pocas horas de esfuerzo intenso, ya que el cuerpo sólo puede almacenar unos 400-600 gramos de hidratos de carbono.

La grasa, por el contrario, está disponible en cantidades casi ilimitadas, ya que incluso una persona delgada tiene suficientes reservas de grasa para poder afrontar varias maratones seguidas. Sin embargo, la producción de energía a partir de la grasa es mucho más lenta, lo que la hace menos adecuada para esfuerzos de alta intensidad.

Influencia del estado de entrenamiento en la producción de energía

El entrenamiento de resistencia regular conduce a diversas adaptaciones metabólicas que permiten al cuerpo utilizar la grasa como fuente de energía de manera más eficiente. Uno de los cambios más importantes es el aumento de la densidad mitocondrial en las células musculares. Las mitocondrias son las “centrales energéticas” de las células, donde los ácidos grasos y la glucosa se convierten en ATP en presencia de oxígeno. Cuanto más mitocondrias haya, más eficiente será la oxidación de grasas, reduciendo el consumo de carbohidratos.

Otro efecto del entrenamiento es el aumento de la actividad de las enzimas implicadas en la descomposición de las grasas . Enzimas como la carnitina palmitoiltransferasa 1 (CPT-1) y la lipasa sensible a hormonas (HSL) son esenciales para la movilización y transformación de los ácidos grasos. Con el entrenamiento de resistencia, el cuerpo libera más rápidamente la grasa almacenada y la convierte en energía en las mitocondrias. Estudios científicos han demostrado que esta adaptabilidad enzimática se desarrolla con el tiempo, mejorando significativamente la capacidad de utilizar las grasas (Holloszy y Coyle, 1984).

Además de estos cambios, el entrenamiento modifica el llamado “ punto de cruce ”, o el punto en el que el cuerpo pasa de quemar grasa a utilizar predominantemente carbohidratos. En los principiantes, esta transición se produce ya a intensidades moderadas, mientras que en los atletas bien entrenados el cuerpo es capaz de utilizar más la grasa incluso a intensidades más altas. Esto permite ahorrar carbohidratos para las fases de máximo esfuerzo, como los sprints finales o las subidas durante las carreras.

Diferencias de género en la producción de energía

Estudios científicos sugieren que las mujeres oxidan más grasa que los hombres, es decir, obtienen más energía de la grasa, especialmente durante esfuerzos submáximos. Las investigaciones de Tarnopolsky (2008) han demostrado que, a intensidades moderadas, las mujeres utilizan hasta un 25% más de grasa que los hombres.

Un factor clave en esta diferencia es el papel de la hormona estrógeno  que favorece un mayor uso de grasas frente a los hidratos de carbono. El estrógeno actúa aumentando la actividad de las enzimas implicadas en la descomposición de los ácidos grasos, haciendo que el metabolismo sea más eficiente a largo plazo.

Además, las mujeres tienden a tener un mayor porcentaje de fibras musculares tipo I, que están optimizadas para la oxidación de grasas. Estas fibras de contracción lenta tienen una alta densidad mitocondrial, lo que las hace ideales para la actividad de resistencia. Esta característica podría explicar por qué las mujeres son capaces de sostener esfuerzos prolongados mejor que los hombres, utilizando la grasa como fuente de energía de forma más eficiente.

Conclusión

Al correr, el cuerpo utiliza tanto carbohidratos como grasas como fuentes de energía. Cuál de los dos prevalece depende de la intensidad del esfuerzo, de su duración y del estado de entrenamiento. Los carbohidratos proporcionan energía rápida pero limitada, mientras que las grasas representan una fuente inagotable, aunque de liberación lenta.

El entrenamiento de resistencia mejora la oxidación de grasas al aumentar la densidad mitocondrial y la actividad de las enzimas que degradan los lípidos. Esto permite a los atletas entrenados utilizar la grasa incluso a intensidades más altas, guardando los carbohidratos para los momentos críticos de la carrera.

Las mujeres, gracias a las diferencias hormonales y musculares, tienden a aprovechar mejor la grasa que los hombres, adaptándose más fácilmente a esfuerzos de larga duración. Comprender estos mecanismos le permitirá optimizar su entrenamiento para lograr una producción de energía más eficiente y un mejor rendimiento.

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